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CON LA LEY EN LA MANO

CXLIII

Si no cambian mucho las cosas esta va a ser la última entrada que haga sobre Santa María: ya "todos" estamos contentos y algunos incluso felices de tener la iglesia más nueva de la ciudad abierta y tres veces inaugurada. Pero antes no quiero dejar pasar la ocasión para invitarles a una reflexión. Para ello me van a permitir que transcriba los apartados 2º y 4º del artículo 20 de la Ley de Patrimonio Histórico de Andalucía (BOJA nº 248 de 19/12/2007), que tratan de los criterios que deben seguirse en los procesos de restauración; que de nuevo muestre una fotografías conocidas y que, finalmente, les invite a la reflexión con una pregunta.

LA LEY DICE:

“Las restauraciones respetarán las aportaciones de todas las épocas existentes, así como las pátinas, que constituyan un valor propio del bien. La eliminación de alguna de ellas sólo se autorizará, en su caso, y siempre que quede fundamentado que los elementos que traten de suprimirse supongan una degradación del bien y su eliminación fuere necesaria para permitir la adecuada conservación del bien y una mejor interpretación histórica y cultural del mismo. Las partes suprimidas quedarán debidamente documentadas”.

“En el caso de bienes inmuebles, las actuaciones a que se refiere el apartado 3 (se hace referencia a los materiales) evitarán los intentos de reconstrucción, salvo cuando en su reposición se utilicen algunas partes originales de los mismos o se cuente con la precisa información documental y pueda probarse su autenticidad. Si se añadiesen materiales o partes indispensables, las adiciones deberán ser reconocibles y evitar las confusiones miméticas”.

LAS FOTOGRAFÍAS SON ESTAS:


Y LA PREGUNTA ES LA QUE SIGUE:

¿Realmente se ha cumplido con los criterios que la Ley aconseja en relación con el respeto de las aportaciones de todas las épocas, con el mantenimiento de las pátinas, con una mejor interpretación histórica y cultural, con la documentación de las partes eliminadas, con evitar los intentos de reconstrucción, con la distinción de los elementos añadidos y nuevos, con la prueba de su autenticidad, con el reconocimiento de los elementos nuevos y con el no engañar con confusiones miméticas?

Si la respuesta es que sí, podemos sentirnos satisfechos y agradecidos con la labor del arquitecto, de las autoridades de todo tipo y condición, de la Junta y de la Comisión Provincial de Patrimonio; pero si, por el contrario, es que no, quizá debiéramos hacer algo o al menos no estar tan contentos como nos están convenciendo que debemos estar.

EL QUE AVISA NO ES TRAIDOR

CXLI

Supongo que muchos de ustedes sabrán en qué consiste el síndrome de Stendhal (o síndrome de Florencia), pero por si acaso no es así, me van a permitir que en pocas palabras les diga que se trata de una enfermedad psicosomática que se caracteriza por un elevado ritmo cardíaco, vértigo, confusión e incluso alucinaciones cuando quien lo padece ha sido expuesto a obras de arte, y más cuando éstas son especialmente bellas o están presentes en grandes cantidades en un mismo lugar. Se llama así por el famoso autor francés del siglo XIX Stendhal, que por primera vez la describió al hablarnos de lo que sintió en su visita a Florencia en 1817. Bien, pues todo esto viene al hilo de la apertura de Santa María y quizá a estas alturas ya esté entregada a la Administración y a la espera de volver a sus propietarios y, por ello, y porque muchos de ustedes van a entrar en el templo, quiero avisarles que es muy posible que todos los síntomas que sintió Stendhal en Florencia puedan repetirse de forma masiva en Úbeda en los próximos días. Y es que no hay naturaleza humana que pueda aguantar la inefable belleza de lo mucho que se ha hecho en Santa María y de lo mucho que se manifiesta de ella en las desnudas y repelladas texturas de sus muros, en la gama cromática de sus suelos, en la asombrosa variedad de sus materiales, en la misteriosa sugerencia de la luz natural filtrándose por su bellas vidrieras, en los contrastes de la luz artificial que da vida a la recuperada penumbra mudéjar de su espacio, en un pulido pavimento libre de lápidas sepulcrales antiguas y estropeadas por el tiempo, en la desaparición de las invenciones barrocas que tanto la afeaban, en la sutileza y mimo con que se ha cuidado lo existente, en el escrupuloso respeto por un espacio histórico del que también escrupulosamente no se ha respetado nada, en la desaparecida reja de madera de 1600, en la soberbia realidad de un artesonado de un millón de euros, en los sonidos que brotarán de sus minimalistas e inoxidables altavoces, en el tañer de unas campanas que relucen más que el sol, en la indescriptible pétrea desolación de su claustro, en las incomprensibles soluciones del señor arquitecto, en la asombrosa incompentencia de los responsables del patrimonio provincial, en el silencio del obispado, en la complicidad de nuestro Ayuntamiento, en la justificación cateta de que todo vale porque se ha gastado mucho dinero, en el silencio y acatamiento de los ubetenses, etc., etc., etc. En fin, avisados están para que no se asusten cuando empiecen a sentir los síntomas. Imiten a nuestras autoridades y protéjanse la cabeza con inmaculados cascos —ellos no lo hacen por si les cae algo de las alturas— lo hacen para cuidar sus cabezas ante la posibilidad de un golpe contra el suelo como consecuencia de una caída provocada por el mencionado síndrome. Verdaderamente están en todo y siempre nos dan ejemplo.

EL ORDINARIO EN SANTA MARÍA

L
Apenada, profundamente apenada y desconcertada, me tienen las palabras pronunciadas por el Sr. Obispo, don Ramón del Hoyo, Ordinario de la Diócesis, durante su visita a Santa María de los Reales Alcázares: "...Aunque se ha tardado, merece la pena que no se haya perdido. Veinticinco años en muchos siglos de historia no son tantos, y lo que importa es que se va a trasladar a otras generaciones por nuevos siglos, y por tanto, lo necesario es que se hagan las cosas bien y que se remate bien, sin prisas...". ¡Señor! Ahora resulta que destruir bóvedas, destrozar capillas, mutilar rejas, partir lápidas, perder decenas de metros cuadrados de losas, inventarse unas paredes de chabacano aspecto, disponer un artesonado de catálogo, construir zócalos con mármoles de los más variados tonos (algunos casi desconocidos), cubrir las ventanas con unas vidrieras de colorines, no respetar siglos de historia, borrar toda señal arqueológica de las fases constructivas, levantar un tejado recién hecho para colocar el aislante que se había olvidado colocar, asignar a incompetentes la primera fase de la restauración, no cambiar al arquitecto actual (especialista en estructuras) por otro especializado en terminaciones y con mejor gusto artístico, depositar la restauración de las fachadas a unos restauradores que pensaban que lo hacía de unas obras del siglo XV y no del XVII, modificar un espacio luminoso y barroquizante así voluntariamente construido por los siglos por otro oscuro y falsa y relamidamente mudéjar, mentir una y otra vez sobre el proceso..., en definitiva, destrozar sin respeto, sin vergüenza y sin responsabilidades un monumento nacional, resulta que es hacer las cosas bien. Afortunadamente -y en esto estoy con el Sr. Obispo- sólo han pasado 25 años. Si hubiesen transcurrido más, difícil es predecir hasta donde hubiera podido llegarse o hasta donde puede hacerse en estos tres o cuatro años que todavía faltarían para ver finalizada la trama de una herencia patrimonial tan errada, inexacta y falsa. Lo único que me consuela en este duro trance de enfrentamiento con toda autoridad y jerarquía, es considerar que los responsables (políticos, técnicos y comisiones de patrimonio) de toda la confabulación perpetrada en Santa María no podrán -o al menos no debieran- colgarse medallas ni alegar en justificación de sus muchas barbaridades y desafortunadas actuaciones las palabras de don Ramón, porque les recuerdo que el Sr. Obispo no ostenta entre sus potestades la de hablar ex cathedra y mucho menos en cuestiones de restauración, de patrimonio y de arte.